SALUD

¿Y si nuestros hijos ya no quieren salir a la calle? El síndrome de la cabaña.

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Algunos niños y adolescentes no están aprovechando la posibilidad de salir. Es más: les tienen que obligar sus padres. ¿Cómo es posible que después de casi dos meses confinados no quieran salir de casa? ¿Pueden estar desarrollando algún tipo de fobia o miedo a lo que hay fuera?

La mayoría ha abrazado con auténtica alegría la posibilidad de salir a dar paseos, tomar el aire, el sol y un mínimo de contacto social físico aunque sea con los vecinos y en la distancia. Pero no es así en todos los casos. Algunos padres se muestran sorprendidos por reacciones que no esperaban.

Hay niños y niñas que han sufrido más de lo que pensamos, y puede que ni tan siquiera hayamos podido percibirlo en su totalidad. Han sentido ansiedad, angustia y también miedo. Superar todo esto es un proceso. Pensemos que muchos han estado reforzando a diario la idea de que el peligro está en el exterior, y que para estar seguros hay que permanecer en casa y no salir. Ahora tenemos que hacerles ver que es necesario salir. Es una cuestión de salud física y mental.

El síndrome de la cabaña no es realmente una patología. Se trata de un estado de ánimo caracterizado por la ansiedad y el miedo sostenidos en el tiempo, ante una situación que nos genera una gran incertidumbre.

En el caso de los niños, a la propia incertidumbre hay que añadir la que observan en sus padres que, por muy bien que disimulen, durante un confinamiento difícilmente van a conseguir camuflar siempre su estado de ánimo. Miles de niños han tenido que ver cómo su padre o su madre se quedaba sin trabajo. Hablamos de una incertidumbre que en ocasiones se sustenta sobre una situación tremendamente palpable. Sin entrar además en lo que puede suponer la pérdida de un familiar muy cercano.

No obstante, en la mayoría de los casos esta incertidumbre se apoya en cuestiones que les desconciertan, pero que son pasajeras. Una madre, cuyo hijo no quiere salir voluntariamente, reproduce las palabras del niño:

«Llevo dos meses sin que me suceda absolutamente nada… Ya no sé de qué hablar con mis amigos… no tenemos nada que contarnos»

La madre de otra adolescente, que estaba deseando que llegara el momento de salir para poder ver a los amigos que viven cerca, afirma que solo se han visto dos días. Su hija le dice que no es lo mismo que antes:

«Nosotros somos muy de abrazarnos, y eso de tener que estar a dos metros y sin poder acercarte te corta todo… es mucho más frío»

Y es que, en efecto, puede que nada vuelva a ser como antes, o no con la celeridad que nos gustaría. Durante un tiempo las relaciones van a tener que ser más distantes, pero nada es definitivo. El contacto físico llegará, los abrazos se normalizarán, la vacuna se desarrollará, pero no será de forma inmediata.

El aislamiento también les ha restado seguridad. No han podido ser ellos mismos. Su ser social se ha visto muy condicionado, y eso que disponen de herramientas que les permiten estar en contacto. Muchos han tenido que dejar de hacer cosas que les gustaban, cosas que les hacían sentirse bien con ellos mismos, en las que encontraban gratificación y seguramente también reconocimiento social.

Pero ¿cómo podemos ayudarlos si se muestran poco receptivos con la posibilidad de salir de casa? Al margen de los casos más agudos, en los que posiblemente exista un problema previo de ansiedad, fobia social, agorafobia u otras posibles fobias (que requerirían un tratamiento específico) podemos hacer varias cosas. Enumeramos algunas:

  • Aceptar y afrontar el miedo. Todas las emociones tienen su razón de ser y cumplen una función. Deben tener claro que esto es así, no es vergonzoso ni hay que ocultarlo. Debemos hablar de ello. Una vez asumido y aceptado, el siguiente paso consiste en superarlo. Es decir, cuando el miedo ha cumplido su misión entonces tenemos que reducirlo.
  • Haremos el trabajo poco a poco. Cada niño y cada adulto tiene su ritmo. Algunos necesitan un proceso más lento, es normal. Nos iremos planteando pequeñas metas. Podemos salir solo un rato, e ir alargando el tiempo o las distancias progresivamente.
  • Aumentar el contacto físico en casa. Que no falten los abrazos y los achuchones. La falta de contacto físico con los demás nos afecta. Los niños lo echan de menos, y durante un tiempo van a tener que seguir manteniendo las distancias. En casa podemos compensar en parte la situación.
  • Controlemos el acceso a la “info-obsesión”. En muchos medios de comunicación el tratamiento de la información sobre la enfermedad está siendo absolutamente obsesivo. No es conveniente que los más pequeños estén todo el día con el mismo tema en la cabeza.

Del mismo modo, debemos seguir trabajando sobre las pautas que se proponen en el vídeo SENTIMIENTOS EN CUARENTENA, específicamente dirigido a ellos: AQUÍ

No todos funcionan igual, y no todos van a ir avanzando al mismo ritmo. Debemos acompañarlos sin forzar demasiado ¡Sin prisa pero sin pausa!