PSICOLOGÍA

Preguntas para valientes: ¿Por qué queremos a nuestros hijos? ¿Qué piensan ellos? ¿Coincidimos?

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Hay preguntas que nunca se nos ocurren, otras que preferimos no formular y otras cuyas respuestas damos por obvias. Pero, en ocasiones, vale la pena detenerse a reflexionar sobre alguna de ellas.

Las preguntas que proponemos a continuación suponen un cierto riesgo para quien las formule. El riesgo de que no le gusten las respuestas o, lo que es peor, de no obtener respuesta alguna. No nos hacemos responsables de las conversaciones que se puedan derivar de estas tres preguntas. Pero, dicho esto, la inmensa mayoría de las personas se sentirán satisfechas por haberlas formulado. Son preguntas relativas a los sentimientos que desarrollamos para con nuestros hijos y viceversa.

La primera es para nosotros mismos:

«¿Por qué quiero a mi hijo/a?»

La respuesta puede parecer obvia, sin embargo muchos padres y madres contestarán de formas distintas. Unos dirán cosas como: «Porque soy su padre/madre y lo normal es que lo quiera, como todo el mundo». Este tipo de respuestas dan a entender que lo consideramos una consecuencia lógica, derivada de un hecho biológico. Otros pondrán de manifiesto razones relativas a lo que nuestros hijos nos aportan: «Mis hijos me hacen feliz. Son lo mejor de mi vida». Es decir, mis hijos me aportan a mí un montón de cosas. En otros casos las respuestas irán en la línea de la justificación: «Porque son unos hijos maravillosos, estudian, son responsables, son cariñosos»… E inevitablemente surge la pregunta: ¿Y si no fueran tan maravillosos o dejarán de serlo? ¿Los querríamos igual?

Todos conocemos a progenitores que quieren a sus hijos de forma incondicional, hagan lo que hagan, y otros que no. Hay padres que han dejado de hablar o tratar con sus hijos. Hay familias en las que pueden pasar muchos años sin tratarse. Hay otros que quieren a sus hijos aun después de haber descubierto que han cometido un crimen o incluso una atrocidad. Algunos quieren a sus hijos aunque sus hijos les humillen y les golpeen.

Que conste que solo estamos exponiendo distintas realidades, y en ningún momento se nos ocurriría criticar o juzgar a nadie. Ese no es el objetivo del presente artículo.

Lo más fácil sería acudir también a otros ejemplos como los que nos brinda la presencia de psicópatas en nuestra sociedad, pero alguien podría pensar que acudimos un caso extremo para poner un ejemplo. No es necesario, pero tampoco es tan extremo. Se estima que en España puede haber un millón de psicópatas puros, que seguramente han convertido la convivencia familiar en un infierno, y todos tienen padres. Algunos progenitores los siguen queriendo a pesar de todo, y otros no los quieren ni ver, pero estamos hablando de dos millones de padres y madres afectados.

No es tan fácil contestar a la primera pregunta que hemos formulado ¿verdad?

Cada respuesta pone de manifiesto una forma de entender las relaciones sobre la que cada cual puede reflexionar. En unos casos para reafirmarse y en otros tal vez para comenzar a plantearse las cosas de otra manera.

Pero después de esto, es buena idea plantear la cuestión directamente a nuestros hijos. Aprovechar un momento de tranquilidad, que no tenga ninguna carga emocional determinada y, por supuesto, no después de un conflicto o de una discusión.

Por ejemplo:

«¿Tienes un momento? Me gustaría hacerte una pregunta… ¿Tú por qué razón crees que te quiero?»

Tras la inicial cara de perplejidad de nuestros hijos, surgirá seguramente a continuación una cierta risa nerviosa. Y después de pensar unos segundos, tal vez nos sorprendan con una respuesta del siguiente tipo: «Pero ¿He hecho algo malo? ¿me la voy a cargar? ¿por qué me preguntas eso?». Estamos menos acostumbrados a hablar de nuestros sentimientos de lo pudiera parecer. Y escucharemos entonces respuestas en la misma línea de las que nosotros habíamos dado: «Me quieres porque eres mi padre/madre», «me quieres porque soy un buen hijo/a, soy responsable, apruebo todo…»

En este ejercicio emocional lo interesante es comprobar si nuestras razones y las que ellos señalan coinciden.

Si su respuesta nos sorprende, o no cuadra con la que nosotros habíamos dado, no debemos molestarnos con ellos. Simplemente agradeceremos su sinceridad. Aquí NO vale enfadarse… ¡No haber preguntado!

Estas dos preguntas y sus respuestas nos harán pensar sobre la relación que tenemos con nuestros hijos. E insistimos, en la mayoría de los casos resultará muy satisfactorio.

Si alguien se anima y todo transcurre dentro de la normalidad, hay una tercera pregunta que podemos formular, consecuencia lógica de las dos anteriores:

«Y tú ¿por qué me quieres a mí?»

La pregunta es para nota.

¿Esperábamos esa respuesta? ¿Coincide con lo que habíamos previsto?

Ya tenemos nuevos motivos para la reflexión 😉