PSICOLOGÍA

Cuidado con las mentiras: se entrenan

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Todos mentimos, y probablemente a diario, pero en la mayoría de las ocasiones se trata de mentiras sociales bienintencionadas, que tienen como objetivo mantener nuestras relaciones sociales. Pero, en ocasiones, la finalidad puede ser muy distinta.

Desde pequeños la mentira es un recurso frecuentemente utilizado con distintos objetivos. Lo más habitual es que se trate de pequeños engaños, o cuestiones que ocultamos para mantener la paz social en nuestro entorno o incluso para no ofender a nadie. Cuando alguien nos pregunta qué nos parece el dibujo que ha hecho, o cómo le sienta un corte pelo que acaba de hacerse, tendemos a decir lo que dicha persona espera o desea escuchar. Y eso no siempre coincide con lo que realmente pensamos.

Muchas mentiras tienen por objetivo no ofender a las personas que nos rodean y hacer que se sientan bien. Un exceso de sinceridad, en ocasiones, puede ser contraproducente para todos.

Pero, algunos niños y adolescentes pueden utilizar este recursos para evadir sus responsabilidades, para cargarlas sobre los hombros de otros, o incluso para perjudicar directamente a los demás. Cuando esto se convierte en habitual, no debemos ser tolerantes en absoluto. La mentira puede convertirse en su forma de afrontar los problemas y ahora sabemos que, además, es cada vez más difícil de detectar.

La amígdala es la parte del cerebro que nos hace sentir mal cuando mentimos. El problema es que se ha observado que cuando lo hacemos con regularidad, la amígdala reacciona cada vez con menos intensidad.

Un estudio realizado por investigadores del Colegio Universitario de Londres, y publicado en la revista Nature Neuroscience, pone de manifiesto cómo se desarrolla este fenómeno en el cerebro. Así, pudieron comprobar que cuantas más mentiras decían los voluntarios a los que estaban estudiando, la respuesta de la amígdala disminuía (1).

Los investigadores piensan además, que esta tolerancia hacia la mentira puede estar relacionada después con tolerancia hacia comportamientos violentos.

Otros estudios ponen también de manifiesto que identificar una mentira no es tarea fácil. Es posible que nuestra nivel de éxito al hacerlo sea inferior al 50%. Es decir, que nos tragamos la mentira que nos han contado en al menos la mitad de las ocasiones.

Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, señala que las posibilidades de identificar un engaño aumentan cuando este puede ser identificado por un grupo de personas, y no por un solo individuo (2).

 

  • (1) Neil Garrett, Stephanie C Lazzaro, Dan Ariely Tali Sharot. “The brain adapts to dishonesty”. Nature Neuroscience (24 de octubre, 2016), vol. 112, n.o 25, págs. 7460-7465, 2015.
  • (2) PNAS, vol. 112, n.o 25, págs. 7460-7465, 2015.